Conoce a Ponciano Arriaga

Ponciano Arriaga

patriota y mexicano sin par

Ponciano Arriaga

Salvador Pruneda, Ponciano Arriaga, tinta sobre lápiz, 1963. Archivo Gráfico de El Nacional, Fondo Gráficos. INEHRM

Protagonista del liberalismo social; visionario de una nación más justa e igualitaria; defensor del territorio nacional y del sistema federal; luchador incansable a favor de los indígenas y campesinos; precursor de la primera declaración constitucional en el mundo de los derechos de la justicia social; defensor del Estado laico; creyente del valor de la Ley; paladín de las libertades; soldado de la democracia y legislador brillante, son algunas de las cualidades y méritos que describe Jorge Carpizo McGregor1 sobre un hombre fuera de serie: José Francisco Ponciano Arriaga Leyja, cuya obra parlamentaria y trayectoria en la vida del México del siglo XIX, sentó las bases del Estado moderno y de una patria independiente, sólida, sin ataduras.

A Ponciano Arriaga (quien nació y murió en la Ciudad de San Luis Potosí, 19 de noviembre de 181112 de julio de 1865) se le considera el “Padre de la Constitución de 1857” o el alma máter del proyecto de esta ley suprema. En materia legislativa, son notables sus aportes sobre las procuradurías de pobres (antecedente de la defensoría de oficio), el derecho de propiedad, el juicio político y el papel de la mujer en la sociedad, entre otros.

Abogado, político, militar, masón, ministro en varias carteras y magistrado supernumerario en la Suprema Corte de Justicia de la Nación, Arriaga fue, además,

un periodista de aguda y noble pluma; ejemplo de virtudes republicanas y de valores éticos laicos; pionero de la educación popular y gratuita, incluso en el sistema penitenciario; enemigo acérrimo de los centralistas, del partido de los privilegios, de los fueros, de los aristócratas y de la opresión al pueblo; gobernante eficaz; patriota y mexicano sin igual,2

subraya Carpizo al trazar algunas pinceladas sobre el célebre potosino.

Uno de sus biógrafos, Manuel Ramírez Arriaga, advierte la magnitud y alcance de la obra de su famoso bisabuelo:

En realidad, las avanzadas ideas de Ponciano Arriaga no cupieron en el molde de Ayutla ni en la Constitución de 1857 y aun exceden el amplio continente de la de 1917, para esperar el día en que la Constitución de México acoja y realice en toda su vasta latitud, su pensamiento de justicia social.3

A falta de una amplia iconografía sobre Arriaga, nadie mejor que uno de sus contemporáneos, don Guillermo Prieto, para hacer una aguda descripción durante su paso por el Constituyente de 1856-57:

Alto, flaco, anguloso; en chirlos los cabellos, dejando al descubierto la calvicie; frente abierta y franca, ojos pequeños, negros, de atrevimiento indecible; con rastros de viruela en la cara; boca húmeda y dentadura alegre y luciente; voz que salía dulcísima y vibrante. Era como el adalid de la gracia. En extremo nervioso: subía a la tribuna desgarbado y vacilante, temblaba al entrar en acción y pasaba su diestra sobre la frente como para arrancarle las ideas; pero insensiblemente su voz se aclaraba, su cuello se erguía, volvía el rostro a los lados y se encaraba con su auditorio. Entonces no corría sudor, no se precipitaba su elocuencia, procedía como por explosiones y pausas pero en ideas tan enérgicas, tan contundentes, como el ariete que a cada golpe parecía derribar con estrépito el muro en que se defendían sus enemigos.4

En palabras del escritor, periodista y liberal radical veracruzano, José Primitivo Rivera (1869-1916), Ponciano Arriaga es

uno de los más conspicuos constituyentes. Hombre de acción en las horas de lucha, reposado y estudioso cuando se trataba de resolver problemas sociales, orador elocuente por la convicción de los principios; razonador profundo, todo lo reunía este singular constituyente. Acaso menos erudito que (Ignacio) Ramírez, quizá menos audaz que (Filomeno) Mata, tal vez menos tribuno que (Francisco) Zarco, pero sí altamente sincero y honrado…5

Miguel Ángel Fernández Delgado, investigador del Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México (INEHRM), estima que Arriaga

fue un hombre de acción cuyos instrumentos fueron las leyes, el periodismo, los cargos públicos y el debate parlamentario; también estructuró artículos fundamentales de la Constitución de 1857, y algunos de sus proyectos visionarios, como los relativos al derecho de propiedad y la procuraduría de pobres, se adelantaron a su época, pues no se harían realidad sino hasta la Constitución de 1917.6

Sobre Arriaga, el abogado y politólogo potosino, Enrique Márquez, apunta:

A diferencia de casi todos sus compañeros de la generación de la Reforma, e incluso de otros liberales como Mora y Otero, Arriaga no fue historiador o literato. Fue un hombre de acción que en los cargos públicos, el periodismo de ocasión, el desempeño militar o la abogacía, dejó plasmado su testimonio y la evolución de sus ideas políticas. La correspondencia oficial y privada, los decretos, las circulares, los avisos, las actas de sesiones de Cabildo, las de debate parlamentario, los escritos del abogado postulante, los artículos periodísticos, los discursos conmemorativos, etcétera, constituyen el conjunto vasto y disperso de sus Obras. Nada de novelas, crónicas, ni de obras históricas…7

Si bien Arriaga no hizo ostentación de grandes habilidades literarias, o no tuvo en la mente dedicarse de lleno al oficio de escritor, el 28 de mayo de 1824 publicó un folleto que se hizo popular y de consulta obligada: Por ignorancia, por malicia, se ha fallado una injusticia…, en el cual atacó una resolución del Tribunal de Justicia de San Luis Potosí que le había sido adversa en su carácter de abogado postulante.

Otro material de interés, cuya autoría corresponde a Ponciano Arriaga, junto con José María Balbontín, Mariano Ávila y Manuel Escontría, es el folleto ¡Perderemos toda esperanza!, publicado el 23 de noviembre de 1843, en el que se propuso la creación de una obra de irrigación para el fomento de la agricultura cerca de la capital de San Luis Potosí.

En 1854, durante su exilio en el vecino país del norte, Arriaga escribió Los millones de la Mesilla, un breve, pero intenso texto en el cual censura el Tratado de la Mesilla, suscrito un año antes por el dictador Antonio López de Santa Anna y Franklin Pierce, presidente de Estados Unidos, por la suma inicial de quince millones de dólares, mismo que fue reducida a diez para quedar sólo en siete:

La palabra millones produjo gran efecto en las orejas de un avaro. ¡Millones! ¿Qué importa el número? Siete o quince para Santa Anna era lo mismo… No se trataban ni de Manga de Clavo, ni del Encero. Se trataba de la patria. ¿Y qué es la patria? Un pedazo de tierra… Un rebaño de carneros…8

Se trata, subraya Márquez, de “uno de los hombres de la Reforma más originales y complejos; aunque a él le preocupaban cuestiones más sencillas”.9

Potosino universal

A pesar de su pronta orfandad, Ponciano Arriaga contó con la buena estrella de su tutor, don Félix Herrera, quien le alentó a cursar la carrera de Leyes en el Colegio Guadalupano Josefino. Fue un alumno brillante, empeñoso, aventajado, de tal manera que “hubo de solicitar habilitación de edad para poder recibir el título profesional en 1831, es decir, cuando contaba veinte años”.10 Sus sinodales fueron los ministros Mariano Castro, José Guadalupe de los Reyes y el fiscal Rafael Alva. De inmediato se incorporó al despacho del licenciado Luis Guzmán, donde realizó prácticas de derecho civil y penal en defensa de personas de escasos recursos económicos, blanco fácil de abusos y arbitrariedades de la autoridad civil, clérigos y personas influyentes o adineradas.

Ahí tuvo lugar una de sus más célebres actuaciones en la jurisprudencia, al presentar, junto con Pablo del Quadriello, un laudo como juez árbitro y amigable componedor en la causa de los indígenas de la Villa del Montecillo, ubicada en los suburbios de la capital potosina, contra el Convento de los Carmelitas de San Ángel, cuya orden religiosa, desde 1756, les había arrebatado, a los herederos de don Pedro Iztolinque, una parte importante de sus tierras. Al reabrirse el caso. Arriaga no se amedrentó ante la presión del poder eclesiástico, al contrario, enfrentó con valentía el litigio sin otras armas que su conocimiento de las leyes, al basar su argumentación jurídica, entre otros aspectos, en la necesidad de proteger la propiedad comunal, por lo que el laudo se dio a favor de los habitantes de la Villa del Montecillo.11

Luego de dos años de ejercer la abogacía, Ponciano Arriaga se alistó en la Caballería de Voluntarios el 3 de agosto de 1833; un mes después, era capitán de la cuarta compañía de fusileros del Batallón de la Unión de Milicias Cívicas del Estado, y en diciembre, teniente coronel. Entre el 23 de diciembre de 1832 y el 24 de junio de 1834, estuvo al frente del periódico El yunque de la libertad, desde donde promovió, al lado de Mariano Villalobos, la causa del federalismo. No obstante, las duras y certeras críticas hacia al gobernador Vicente Romero, provocaron su pronta salida de esa publicación.12

En abril de 1835, prosigue Rivera, Arriaga era

secretario de la Prefectura del Departamento de la capital potosina; en mayo de 1841, vocal de la Junta Protectora del Colegio Guadalupano-Josefino; en diciembre de ese mismo año, auditor de la Comandancia General de Coahuila y Texas; en 1847-1848, diputado a la Legislatura; en 1849, diputado al Congreso General, miembro de la Junta que tenía a su cargo la formación del plan de defensa de los estados fronterizos y Vocal sustituto de la Junta Consultora creada para promover la navegación del Río Pánuco (…); en 1850, senador; el 11 de diciembre de 1852, ministro de Justicia. El 11 de noviembre de 1855, Ministro de Gobernación; 1856-1857, diputado al Congreso Constituyente, presidente de la Comisión de Constitución, y autor de la mayor parte de la Carta Magna.13

Por ser uno de los principales redactores e impulsar sus ideas sociales y agrarias, plasmadas en su Voto particular sobre la propiedad, así como por la defensa que hizo del Proyecto de Constitución de 1857, en los momentos en que se proclamaba el retorno a la Carta Magna de 1824, se le llamó El padre de la Constitución. De esa época data el cúmulo de lecturas que realizó sobre las obras de Rousseau, Montesquieu, Tocqueville, Jefferson, Hamilton y Madison, entre muchos otros, y que reforzaron su visión liberal y demócrata.

En los años previos a la redacción visionaria del Proyecto de Constitución de 1857, Ponciano Arriaga fue blanco de ataques del general Antonio López de Santa Anna quien, de regreso al poder en abril de 1853, ordenó desterrarlo. El historiador y biógrafo Francisco Sosa escribió lo siguiente:

La exaltación con que Arriaga sostenía los principios liberales, de los que fue corifeo, le concitó el odio del dictador Santa Anna, que veía en el abogado potosino a uno de sus más peligrosos enemigos, por lo cual le desterró a los Estados Unidos, de donde tornó en 1856 cuando la Revolución de Ayutla destruyó para siempre la ominosa dominación de aquel soldado, a quien debe llamarse no sólo el gran tirano sino el gran corruptor de cuanto constituye lo más noble y lo más puro de una democracia.14

Lejos de México, pero con la mente fija en regresar al país y propiciar un cambio profundo y trascendente, Ponciano Arriaga compartió el exilio con Benito Juárez, Melchor Ocampo, Francisco Zarco, José María Mata, Miguel María Arrioja y otros mexicanos ilustres, con quienes fundó la Junta Revolucionaria Mexicana de Brownsville (1855). Al triunfo de la Revolución de Ayutla, encabezada por don Juan Álvarez, esa pléyade de ilustres liberales, retornó al país a preparar el camino para una nueva Constitución acorde a las necesidades y aspiraciones más sentidas de la República.

Al estallar la Guerra de Reforma, Arriaga se mantuvo fiel al presidente Benito Juárez, quien al concluir la confrontación bélica, que se prolongó durante tres años, le nombró director general de los Fondos de Beneficencia Pública, magistrado supernumerario en la Suprema Corte de Justicia de la Nación, gobernador Interino de Aguascalientes en 1862, y gobernador del Distrito Federal en 1863; éste último cargo tuvo que abandonarlo ante el avance del Ejército francés a la capital del país para imponer el Imperio de Maximiliano de Habsburgo.

Sobre esa etapa, Francisco Sosa, apuntó:

El Sr. Arriaga fue del número de escogidos que acompañaron al señor Juárez en 1858 a Veracruz; que allí su nunca desmentida adhesión a la causa republicana se hizo patente una vez más; que después, y por dondequiera, la patria, en la dificilísima época de prueba, de las guerras de la Intervención y del Imperio, contó con el esfuerzo, con la actividad y con la incondicional cooperación del patriota potosino, del radical republicano, y que por todo eso su nombre esclarecido ha quedado perdurablemente inscrito junto a los de aquellos mexicanos que más honra y más gloria han dado a la patria, que se enorgullece al contarle entre sus hijos predilectos. 15

Ponciano Arriaga murió sin grandes riquezas materiales —acorde a la medianía republicana predicada y ejemplificada por el presidente Juárez—, en su natal San Luis Potosí, en plena lucha entre la causa juarista y el imperio impuesto por Napoleón Tercero en tierras mexicanas. No obstante, sus ideas liberales y su visión de país sobrevivirían al triunfo de la restauración de la República, e incluso, en pleno siglo XX. Por órdenes del entonces presidente Porfirio Díaz, sus restos fueron inhumados y trasladados a la Rotonda de los Hombres (hoy Personas) Ilustres, en la ciudad de México, el 22 de junio de 1900.

En su Testamento Moral (1861), escrito cuando Ponciano Arriaga estaba próximo a cumplir cincuenta años de edad, imaginó otro escenario para cuando muriera, nada que ver con los grandes mausoleos, las letras grabadas en oro en los recintos parlamentarios ni las estatuas en plazas y avenidas:

La vanidad del hombre, han dicho algunos, va más allá de la tumba…Yo no quiero nombre, yo no quiero gloria póstuma; quiero olvido, quiero paz, quiero sepultar hasta mis recuerdos…tengo hijos, y no pretendo que amen y respeten mi memoria, sino que al menos la defiendan sin ruido, la disculpen, sin estrépito, la guarden herméticamente cerrada en el fondo de su corazón.16

Legislador visionario

El 7 de febrero de 1847, en el Congreso de San Luis Potosí, el diputado Ponciano Arriaga presentó la propuesta del establecimiento de las Procuradurías de Pobres, una novedosa institución dedicada a la defensa de los derechos de la población más desprotegida. Un mes después, el Congreso local decretó la creación de la misma con la llamada Ley de Procuraduría de Pobres. 17

El politólogo Fernando de la Luz Bello Morín establece que esa ley se hizo famosa

por haberse dado en las circunstancias que se dio, en medio de la Intervención Norteamericana y por haberse erigido en el siglo XIX, como la primera instancia de salvaguarda de los derechos de los débiles, de los pobres, de los desvalidos y ser el antecedente de la defensoría de oficio.18

En la exposición de motivos de esa propuesta, Arriaga señaló:

Hay en medio de nuestra sociedad una clase desvalida, menesterosa, pobre y abandonada a sí misma. Esta clase está en las entrañas de nuestra sociedad, es la clase más numerosa de nuestro pueblo, es nuestra sociedad misma: se compone de todos aquellos infelices que no habiendo tenido la suerte de heredar un patrimonio, ni la fortuna de adquirir educación, se encuentran sumergidos en la ignorancia y en la miseria, se ven desnudos y hambrientos, por todas partes vejados, en todas partes oprimidos. Sobre esta clase recae por lo común no solamente el peso y el rigor de las leyes, sino también, y esto es lo más terrible, la arbitrariedad e injusticia de muchas autoridades, y de muchos de los agentes públicos… ¿Qué deben esos desgraciados a la sociedad? ¿Reciben de ella pan, sustento para sus familias, educación para sus hijos, y un porvenir halagüeño para sus nietos? ¿Tienen la protección de sus derechos?

Y sin embargo, un hombre infeliz de entre ese pueblo comete un delito, porque quizá es necesario que lo cometa, y entonces de el soldado o el esbirro que le prende y le maltrata, el alcalde que le encierra y le oprime, el curial que le estafa y sacrifica, el juez que le desoye y le tiraniza hasta el patíbulo, hay una espantosa y horrible cadena de sufrimiento que no le duelen, que no compadecen sino al que los apura (…) Quiero pensar en que algún día será posible que este mal se remedie, y bajo el evidente supuesto de que ese mal existe, limitarme a preguntar: ¿Quién tiene a su cargo el remedio? ¿A quién incumbe la protección, el amparo, la defensa de esa clase infeliz a la que me refiero? (…) Y cuando veamos a otro u otros muchos de la misma clase, rodeados de bayonetas, arrastrando los grillos, barriendo las plazas públicas, y trabajando en otras obras no menos humillantes y oprobiosas, nos preguntamos: ¿esos hombres son delincuentes? ¿Estamos ciertos de que lo son? ¿Se les ha hecho justicia? ¿Se les ha juzgado conforme a las leyes? ¿Se les ha aplicado una pena proporcionada a sus delitos? ¿Se les han cobrado costas del juicio, han sido sacrificadas por el cohecho de alguno que haya intervenido en su causa? ¿Se les ha insultado, se les ha oprimido? Y en el evento de que se averigüe que efectivamente se han ejecutado varias injurias en la persona de algunos miserables, ¿se presenta alguno a su nombre a pedir reparación?… ¿Qué hace pues la sociedad a favor de los pobres? Nada, ¿cómo protege sus derechos?, de ningún modo.19

El magistrado Ricardo Sánchez Márquez indica que, una vez publicado el decreto correspondiente,

Vicente del Busto, Manuel M. Castañeda y Manuel Arriola, iniciaron sus gestiones como procuradores el 15 de mayo de 1847, y un año después el 30 de mayo de 1848, comunicaron su renuncia. La vigencia de esta noble institución fue muy corta, sin embargo, en 1852, se reincorpora la defensa de los pobres, como una función del Supremo Tribunal, y en la actualidad esa función la realiza la Defensoría Social, con su antecedente de la Defensoría de Oficio, dependiente del Poder Ejecutivo en el ámbito estatal y del Poder Judicial, en el ámbito federal.20

José Primitivo Rivera afirma que Arriaga

manifestó un liberalismo social muy avanzado al proponer y defender aquella institución (e) hizo una prefiguración histórica del Estado promotor y garante del bienestar de la sociedad. Más que el ejercicio de la caridad pública, el principal deber del Estado consistía en la procuración de los derechos a la educación, al trabajo, a la salud, etcétera, esto es: hacer `la felicidad proporcional del mayor número de los gobernados que le obedecen΄.21

Mexicanos al grito de guerra

Al estallar el conflicto bélico entre México y Estados Unidos (1846-1848), Ponciano Arriaga, en su calidad de diputado local, enarboló la defensa de la soberanía nacional al proponer que San Luis Potosí y otros estados sumaran esfuerzos para repeler al enemigo. Arriaga, además, se dio a la tarea de reunir dinero en efectivo, alimentos y pertrechos para los soldados mexicanos que luchaban en los estados de Nuevo León y Coahuila. También publicó, en varios diarios regionales, información en clave sobre el movimiento de las fuerzas invasoras.

Miguel Ángel Fernández cuenta que en agosto de 1847, Arriaga

propuso ante la legislatura potosina que el gobierno estatal empleara todos sus recursos para organizar una fuerza armada que defendiera y detuviera el avance de los estadounidenses. Dos meses después, junto con sus colegas legisladores, dio el visto bueno al decreto por medio del cual el estado de San Luis Potosí protestó no abandonar la causa nacional comprometida en la guerra con los Estados Unidos y oponerse a cualquier tratado de paz que no asegure la independencia e integridad del territorio, manifestando la decisión, de no haber otro remedio, de combatir decididamente al enemigo externo e interno. También lo comisionó su gobierno para organizar la Guardia Nacional potosina.22

Al respecto, el 25 de agosto de ese año, en la Sala de Sesiones del H. Congreso del Estado de San Luis Potosí, el diputado Ponciano Arriaga expuso su propuesta sobre la Guardia Nacional y los recursos para la guerra con Estados Unidos:

1ª El Gobierno del Estado, bajo su más estrecha e inmediata responsabilidad, dispondrá que para antes de cerrar el actual período de sesiones ordinarias, esté sobre las armas una fuerza de diez mil hombres de guardia nacional.- 2ª Para el efecto, puede obligar a tomar las armas a todos los ciudadanos del Estado, sean de la clase que fueren, obrando discrecionalmente y según las facultades extraordinarias que se le tienen conferidas.- 3ª Invitará el gobierno a todos los generales y jefes del ejército que residen dentro del territorio del Estado, o dentro de los Estados del norte, a fin de que presten sus servicios a la causa nacional, instruyendo y organizando las milicias, y poniéndose al frente de ellas y bajo las órdenes del Estado, para hacer la guerra al extranjero y sostener las protestas que ha hecho contra la paz y cualesquiera otra que hiciere en lo sucesivo.- 4ª El gobierno, en virtud de las facultades extraordinarias que le están concedidas, usará de todos los recursos ordinarios y extraordinarios del estado: creará cuantos otros creyere indispensables; no hará absolutamente ningún gasto que no sea de guerra, y si no bastaren para las atenciones de ésta, podrá hacer uso de todos los bienes raíces o muebles que tengan en propiedad los diputados, magistrados, empleados y cualesquiera otros funcionarios que disfruten sueldo del erario. En último caso, podrá echar mano de las propiedades particulares, puesto que se trata de defender lo más santo, lo más sagrado que tienen: la patria.- 5ª Con todos estos bienes, el gobierno contratará un préstamo, cuyas exhibiciones mensuales y periódicas alcancen para pagar el presupuesto de guerra. La ley permite por ahora, y en virtud de las circunstancias, ‘el interés hasta del uno por ciento mensual’. En caso de que los dueños de fincas u otros bienes, se resistan a firmar las correspondientes hipotecas, bastará la firma del comisionado que nombre el gobierno, quedando así, y con las demás formalidades de estilo, plenamente autorizada la escritura. 23

Un año después, en la ciudad de Querétaro (la capital del país estaba ocupada por la milicia yanqui), el Congreso Nacional discutió los alcances del Tratado de Paz Guadalupe Hidalgo y su inminente firma con el gobierno de Washington; no obstante, Arriaga, Melchor Ocampo, Manuel Doblado y Mariano Otero, entre otros, se pronunciaron por continuar la lucha armada contra el Ejército de Estados Unidos, y no permitir la pérdida de más de la mitad del territorio nacional. Sin embargo, a pesar de la viabilidad militar de la iniciativa encabezada por Arriaga, el despojo fue consumado.

El 11 de febrero de 1848, en una comunicación oficial a la Legislatura de San Luis Potosí, con motivo de la cuestión sobre la paz con Estados Unidos, el diputado Arriaga cuestionó la legalidad del Tratado Guadalupe Hidalgo, violatorio de la Constitución Federativa de 1824:

El Poder Ejecutivo General tiene la facultad de dirigir las negociaciones diplomáticas y celebrar tratados de paz con las potencias extranjeras, sujetándose a la ratificación y aprobación del Congreso General. El sentido común dicta del modo más obvio que la facultad del Ejecutivo en este punto no es ni puede ser absoluta sino condicional y subordinada a otro poder de mayor jerarquía, de más amplia popularidad; a otro poder que representa la mayoría inmensa de ciudadanos de un pueblo que se rige por el sistema democrático y republicano. En consecuencia de esta verdad, siempre que el Poder Legislativo de la Unión no ratifique el tratado que haya celebrado el Ejecutivo, viene a ser nulo y de ningún valor ese tratado puesto que le falta su más importante requisito. Si es evidente que la facultad en el Ejecutivo es condicional, importante y necesario viene a ser que el Ejecutivo busque y solicite el modo de llenar esa condición, y no para ponerse en directa oposición con el Poder Legislativo, ya no para comprometer su honor y el de la Nación en las relaciones extranjeras.24

Fueron en vano los sólidos argumentos de Ponciano Arriaga. El Tratado de Paz, Amistad, Límites y Arreglo Definitivo entre la República Mexicana y los Estados Unidos de América se firmó el 2 de febrero de 1848 en la sacristía de la Basílica de Guadalupe, y lo rubricaron los conservadores Miguel Atristán, Luis G. Cuevas y Bernardo Couto, representantes de México, mientras que del lado estadounidense, Nicholas P. Trist. Con ello, la nación perdió más de la mitad de su territorio, es decir, alrededor de dos millones y medio de kilómetros cuadrados: Texas, la parte de Tamaulipas ubicada entre los ríos Nueces y Bravo; Nuevo México y la Alta California. En compensación, el gobierno de Estados Unidos entregaría a su contraparte 15 millones de dólares por los daños causados durante el conflicto bélico.

Artífice de la estructura jurídico-constitucional

Al triunfo de la Revolución de Ayutla, Ponciano Arriaga se integró al Congreso Extraordinario Constituyente (1856-1857), luego de ser elegido representante de los estados de Puebla, México, San Luis Potosí, Michoacán, Guerrero, Jalisco, Zacatecas y el Distrito Federal,

hecho que avala su reputación de hombre recto, honorable, comprometido con la causa de la libertad y en especial con la conformación de una República Federal”.25

En 1856, Arriaga

funge como Primer Presidente del Congreso y Presidente de la Comisión de Constitución, esbozando lo avanzado de sus ideas, pues participa en la redacción de la de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos de 1857, calificándose su reforma como la más importante al tratar de las controversias que se susciten por leyes o actos de la federación o de los Estados, que ataquen sus respectivas facultades o que violen las garantías otorgadas por la Constitución. Como resultado del sistema existente al poner frente a frente las soberanías de la federación y la de los estados, entablando una lucha para decretar la nulidad de las leyes o actos de uno de los poderes.26

Así mismo, al explicar la desastrosa situación socioeconómica por la que atravesaba el país, Ponciano Arriaga presentó ante los constituyentes su voto particular sobre el Derecho a la Propiedad, el 23 de junio de 1856. Se trata de un

documento esencial que trasciende y supera a los ensayos de Mariano Otero publicados en 1842 y 1847 y que sienta las bases para la ulterior Reforma Agraria en 1917.27

En opinión de Enrique Márquez y María Isabel Abella, el Voto Particular sobre el Derecho de Propiedad

es un documento que, entre muchas otras cosas, refleja el profundo conocimiento que Arriaga tenía de uno de los grandes problemas sociales de la época como era el del latifundismo y la explotación de los trabajadores del campo, frente al que propuso la división de las grandes propiedades y el establecimiento de mejores condiciones laborales. Y su propuesta respondía de tal manera a la realidad, que inmediatamente después de haber sido formulada, el Constituyente, a través suyo o por otros conductos, recibió no pocas comunicaciones suscritas por diversas comunidades indígenas y grupos campesinos del país que apoyaban el Voto, así como por poderosos hacendados regionales que lo censuraban.28

En la exposición de su Voto, Arriaga presentó un cuadro desolador del agro mexicano:

(…) uno de los vicios más arraigados y profundos de que adolece nuestro país, y que debiera merecer una atención exclusiva de sus legisladores cuando se trata de su Código fundamental, consiste en la monstruosa división de la propiedad territorial.

Mientras que pocos individuos están en posesión de inmensos e incultos terrenos, que podrían dar subsistencia para muchos millones de hombres, un pueblo numeroso, crecida mayoría de ciudadanos, gime en la más horrenda pobreza, sin propiedad, sin hogar, sin industria ni trabajo.

Este pueblo no puede ser libre ni republicano, ni mucho menos venturoso, por más que cien constituciones y millares de leyes proclamen derechos abstractos, teorías bellísimas, pero impracticables, en consecuencia del absurdo sistema económico de la sociedad.

(…) Se proclaman ideas y se olvidan las cosas… No divagamos en la discusión de derechos y ponemos aparte los derechos positivos. La Constitución debiera ser la ley de la tierra, pero no se constituye ni examina el estado de la tierra.

(…) En el estado presente, nosotros reconocemos el derecho de propiedad y lo reconocemos inviolable. Si su organización en el país presenta infinitos abusos, convendrá desterrarlos: pero destruir al derecho, proscribir la idea de su propiedad, no sólo es temerario, sino imposible. La idea de propiedad lleva inherente la de individualidad, y por más que se haga, dice un autor luminoso, habrá siempre en la asociación humana dos cosas, la sociedad y el individuo.: éste no puede vivir sin aquélla, y viceversa, porque son dos existencias correlativas que se sustituyen y complementan mutuamente. Ambos elementos son tan necesarios entre sí, que no se puede sacrificar ninguno, y el progreso social consiste simplemente en darles un desarrollo simultáneo, pues todo aquello que perjudica al individuo perjudica también a la sociedad, y lo que ésta satisface debe también satisfacer a aquél (…)

(…) Hemos de practicar un gobierno popular y hemos de tener un pueblo hambriento, desnudo y miserable? ¿Hemos de proclamar la igualdad y los derechos del hombre y dejamos a la clase más numerosa, a la mayoría de los que forman la nación, en peores condiciones que los ilotas o los parias? ¿Hemos de condenar y aborrecer con palabras la esclavitud, y entretanto la situación del mayor número de nuestros conciudadanos es mucho más infeliz que la de los negros en Cuba o en los Estados Unidos del Norte? ¿Cómo y cuándo se piensa en la suerte de los proletarios, de los que llamamos indios, de los sirvientes y peones del campo, que arrastran las pesadas cadenas de la verdadera, de la especial e ingeniosa servidumbre fundada y establecida, no por las leyes españolas, que tantas veces fueron holladas e infringidas, sino por los mandarines arbitrarios del régimen colonial? ¿No habría más lógica y más franqueza en negar a nuestros cuatro millones de pobres todo participio en los negocios políticos, toda opción a los empleos públicos, todo voto activo y pasivo en las elecciones, declararlos cosas y no personas, y fundar un sistema de gobierno en que la aristocracia del dinero, y cuando mucho la del talento, sirviese de base a las instituciones? Pues una de dos cosas es inevitable o ha de obrar por mucho tiempo en las entrañas de nuestro régimen político el elemento aristocrático de hecho, y a pesar de lo que digan nuestras leyes fundamentales, y los señores de título y de rango, los lores de tierras, la casta privilegiada, la que monopoliza la riqueza territorial, la que hace el agio con el sudor de sus sirvientes, ha de tener el poder y la influencia en todos los asuntos políticos y civiles, o es preciso, indefectible, que llegue la reforma, que se hagan pedazos las restricciones y lazos de la servidumbre feudal; que caigan todos los monopolios y despotismos, que sucumban todos los abusos, y penetre en el corazón y en las venas de nuestra institución política el fecundo elemento de la igualdad democrática, el poderoso elemento de la soberanía popular, el único legítimo, el único a quien de derecho pertenece la autoridad. La nación así lo quiere; los pueblos lo reclaman; la lucha está comenzada y tarde o temprano esa autoridad justa recobrará su predominio. La gran palabra ‘reforma’ ha sido pronunciada, y es en vano que se pretenda poner diques al torrente de la luz y de la verdad.29

Jorge Carpizo comenta que Arriaga

realizó propuestas concretas que respetaban la propiedad privada, pero en el campo ésta debía tener una extensión máxima, aunque señalaba excepciones. La tierra se declara, confirma y perfecciona por medio del trabajo y la producción, sentenció. Arriaga es el precursor de nuestro actual artículo 27 constitucional.30

Para Fernando de la Luz Bello Morín, Ponciano Arriaga

se nos revela como un profundo sociólogo y un conocedor de la realidad mexicana, rasgo que ha servido a diversos estudiosos de nuestra historia para definirlo como el ideólogo del liberalismo social y el único en su generación capaz de poner el dedo en la llaga, previendo lo que sucedería con el sistema económico de no llevarse a cabo los cambios que proponía; la respuesta certera a sus predicciones fue la magnitud que alcanzó el problema del acaparamiento de la tierra durante el Porfiriato.31

Don Jesús Silva Herzog considera que Ponciano Arriaga “es seguramente uno de los más radicales del Congreso Constituyente”.32 Prueba de ello —apunta el historiador mexicano— es el artículo 27 del proyecto constitucional presentado a las deliberaciones del Congreso, en el cual

Arriaga advertía con claridad cenital la tremenda e irritante desigualdad existente en el país, originada fundamentalmente por la concentración de la propiedad de la tierra; sabía bien que no era posible constituir un gobierno popular si millones de habitantes vivían desnudos y hambrientos en las haciendas de los poderosos o en los campos desolados en que habían nacido, y estaba seguro de que México no podría jamás llegar a ser un país democrático, en el cual gozaran de libertad los ciudadanos, sin mejorar las condiciones materiales de su existencia.33

Silva Herzog estima que el legislador potosino

describe con negros colores la realidad dolorosa en que yacían millones de mexicanos, la tragedia de un pueblo sin ventura, la tremenda y a la vez estúpida injusticia social, origen de tantos fracasos y de tantas desgracias. Pero el voto particular del tribuno insigne, que fundara en discurso tan verídico y luminoso, no pudo vencer la prudencia temerosa de la histórica asamblea. Fue preciso que pasara más de medio siglo, que el problema de la tenencia de la tierra se agravara, que estallase la Revolución iniciada por Francisco I. Madero, para que tales ideas cuajaran, por lo menos en parte, en la historia dramática del México contemporáneo.34

Por otro lado, cabe mencionar otras iniciativas que Ponciano Arriaga propuso ante el Congreso Constituyente, entre ellas,

el Voto Particular sobre la Supresión de las Comandancias Generales (24 de enero de 1857) y el Voto Particular sobre el Artículo 15 del proyecto constitucional, relativo a la libertad de cultos (26 de enero de 1857).35

En el primer caso, comentan Enrique Márquez y María Isabel Abella, Arriaga

se pronunció por la extinción inmediata y real de estas instituciones que habían ‘causado tantos males a la República’, y no por el aplazamiento del problema, como lo habían propuesto otros diputados; porque creía en ésta, como en otras materias, había llegado ya el tiempo de las reformas más radicales y esenciales.36

En torno a la propuesta de Adición al Artículo 15 del proyecto constitucional, referente al Voto Particular sobre la Libertad de Cultos, Ponciano Arriaga

se inclinó a favor de que los poderes federales pudiesen intervenir en los asuntos relativos al culto religioso y a la disciplina eclesiástica. Porque la omisión de este punto en la Carta constitucional, argumentaba, podría dejar sin recurso legal a los poderes de la Nación para sostener los derechos de su soberanía.37

Vigencia de sus ideales

La vida y obra de Ponciano Arriaga se enmarca en un siglo de luchas internas e invasiones extranjeras; una época marcada por la imperiosa necesidad de sacudirse tres siglos de dominación española y los primeros intentos por darle forma y fondo a la naciente República; es también un tiempo de traiciones, asonadas, rebeliones, persecuciones, asesinatos, exilios y arrebatos de poder, pero también la oportunidad histórica de dar vida a las instituciones democráticas, de enarbolar la libertad y crear un marco constitucional acorde a las más sentidas aspiraciones de los mexicanos.

Arriaga nació un año después del inicio de la Independencia de México y dos meses después de instalada la Suprema Junta Nacional Americana. La muerte le sorprendió en su natal San Luis Potosí dos años antes de la restauración de la República y, con ello, el final trágico del efímero Imperio de Maximiliano de Habsburgo.

Don Ponciano Arriaga, a veces olvidado por la historia y en no pocas ocasiones desconocido para las nuevas generaciones, formó parte de esa pléyade de liberales que se entregaron en cuerpo y alma a México. Sin Ponciano Arriaga —forjado en esa mezcla de abogado, militar, intelectual, liberal, patriota, arquitecto de proyectos constitucionales, visionario y siempre dispuesto a ofrendar su vida por la República— el curso del país sería otro, menos igualitario, poco justo, nada democrático, blanco perfecto de los oscuros intereses locales y foráneos, sin esperanza para las generaciones venideras.

Las ideas y las acciones de don Ponciano Arriaga son hoy tan vigentes como en el siglo XIX. Ellas pueden ayudar a superar muchos de nuestros problemas actuales. Hay que mostrar que México, en momentos difíciles, salió adelante por personajes como Ponciano Arriaga,38

escribió Jorge Carpizo, admirador del legado de este insigne legislador potosino, mexicano y universal, por la sencilla razón de que

es uno de los grandes defensores de las libertades de conciencia y de culto, del Estado laico y de la separación del Estado y las Iglesias. Ponciano Arriaga se convirtió en el precursor de la separación del Estado y las Iglesias, y de las Leyes de Reforma.39

Digno de tomarse en cuenta es que a pesar de las adversidades, el infortunio, la codicia, el despojo, la intriga, el despotismo, la usura, el engaño, la traición, el fraude, la incompetencia, los delirios de grandeza, las invasiones extranjeras, la mala fe y otros demonios, Ponciano Arriaga nunca perdió el optimismo sobre el destino de la República:

(…) Millares de patriotas han alzado el estandarte de la libertad en casi todos los confines del territorio mexicano, y sin grandes elementos de guerra, y sin recursos, y luchando contra toda especie de pecuarias, han salido victoriosos y triunfantes en casi todos los encuentros. Estos hechos forman la apología de los pueblos. En México nunca ha llegado a morir la libertad; jamás se ha extinguido el entusiasmo de sus partidarios. Ni Santa Anna ni gobierno alguno, por fuerte y poderoso que sea, llegará a imperar con el silencio de la servidumbre. La naturaleza nos favorece; las montañas, los bosques, los desiertos, la extensión del país, sus climas, todo hará que en todas ocasiones, por alguna parte, quede siempre vivo, siempre incólume, el sagrado depósito de nuestros derechos. Así lo mantuvieron Morelos y Guerrero, así lo mantiene Álvarez; así lo conservarán nuestros hijos, siempre que la sorpresa y la intriga, la traición y el perjurio quieran otra y otras veces arrebatárselos.40

Autor: Juan Luis González Alcántara Carrancá (miembro fundador de la Escuela de Derecho Ponciano Arriaga).

1 Véase: Carpizo McGregor, Jorge, “Vigencia de un patriota”, discurso al recibir el doctorado Honoris Causa por la Universidad Autónoma de San Luis Potosí, el 25 de noviembre de 2011, p. 12, en: http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/9712/pdf/97carpizo.pdf

2 Ibid.

3 Citado por Jesús Medina Romero, autor del prólogo y selección de discursos del libro Ponciano Arriaga. Ideario. San Luis Potosí, México, Imprenta Evolución, Colección Potosinos Eméritos, Gobierno del Estado de San Luis Potosí, 1974, p. 16.

4 Ibid., p. 15.

5 Vid. Rivera, José Primitivo, El legislador Ponciano Arriaga (1811-1863), Ciudad de México, LXI Legislatura Cámara de Diputados-Miguel Ángel Porrúa, 2011, p. 10.

6 Vid. Fernández Delgado, Miguel Ángel, “Ponciano Arriaga, un gran liberal potosino”, p. 1, en: http://www.inehrm.gob.mx/es/inehrm/Ponciano_Arriaga_un_gran_liberal_potosino

7 Vid. Obras Completas de Ponciano Arriaga, Volumen I, La Experiencia Potosina, 1, investigación y edición a cargo de Enrique Márquez y María Isabel Abella, Ciudad de México, Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM-Departamento del Distrito Federal, 1992, pp. IV y V.

8 Vid. Obras Completas de Ponciano Arriaga, Volumen III, La Experiencia Nacional, 1, p. 291.

9 Vid. Obras Completas de Ponciano Arriaga, Volumen I, La Experiencia Potosina, 1, p. X.

10 Vid. Sosa, Francisco, Las esculturas de la Reforma, Ciudad de México, Departamento del Distrito Federal, Secretaría de Obras y Servicios, Colección METROpolitana, Tomo II, 1974, p. 60.

11 Vid. Obras Completa de Ponciano Arriaga, Volumen I, La Experiencia Potosina, 1, p. XIII.

12 Vid. Rivera, José Primitivo, Op. Cit., pp. 16-17.

13 Ibid., pp. 17, 18 y 19.

14 Vid. Sosa, Francisco, Op. Cit., p. 60.

15 Ibid., p. 63.

16 Vid. Obras Completa de Ponciano Arriaga, Volumen V, La Experiencia Nacional, 3, pp. 133 y 134.

18 Ibid.

19 Vid. “Proposición del diputado D. Ponciano Arriaga sobre el establecimiento de las procuradurías de pobres”, en: Obras Completa de Ponciano Arriaga, Tomo II La Experiencia Potosina, 2, pp. 257-259.

20 Vid. Texto del magistrado Ricardo Sánchez Márquez, “Ponciano Arriaga Leija”, en: http://www.stjslp.gob.mx/pjudicial/difusion/pdf/PONCIANO%20ARRIAGA%20LEIJA.pdf

21 Vid. Rivera, José Primitivo, Op. Cit., “El Estado y las garantías sociales. Establecimiento de las Procuradurías de Pobres. Intervención del legislador Ponciano Arriaga en el Congreso de San Luis Potosí. 1847”, pp. 59-60.

22 Vid. Fernández Delgado, Miguel Ángel, Op. Cit., p. 4.

23 Vid. “Proposición sobre la Guardia Nacional y los recursos para la guerra con los Estados Unidos”, en: Obras Completas Ponciano Arriaga, Volumen II La Experiencia Potosina, 2, pp. 164-165.

24 Vid. “Comunicación oficial del Diputado al Congreso General dirigida a la Legislatura de San Luis Potosí, con motivo de la cuestión sobre la paz con los americanos”, en: Obras completas de Ponciano Arriaga., Volumen II, La Experiencia Potosina, 2, p. 206.

26 Vid. Lerín Valenzuela, Jorge: “Ponciano Arriaga: Procurador de Derechos Humanos”, en: El Sol de Puebla, 6 de diciembre de 2011, p.6.

28 Vid. Obras Completa de Ponciano Arriaga, Volumen IV, La Experiencia Nacional, 2, pp. II y III.

29 Vid. “Voto Particular sobre el Derecho de Propiedad”, en: Obras Completa de Ponciano Arriaga, Volumen IV, La Experiencia Nacional, 2, pp. 271, 272, 274, 275 y 276.

30 Vid. Carpizo McGregor, Jorge, Op. Cit., p. 10.

32 Vid. Silva Herzog, Jesús, “Una silueta de Ponciano Arriaga”, en: www.colegionacional.org.mx/sacscms/xstatic/colegionacional/template/content.aspx?se=memorias&p=40.

33 Ibid.

34 Ibid.

35 Vid. Obras Completa de Ponciano Arriaga, Volumen IV, La Experiencia Nacional, 2, p. II.

36 Ibid., p. III.

37 Ibid.

38 Vid. Carpizo McGregor, Op. Cit., p. 6.

39 Ibid., p. 12.

40 Vid. Obras Completas de Ponciano Arriaga, Volumen III, La Experiencia Nacional, 1, p. 303.

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